
Por Nicole Rojas Rodríguez
En México, el crimen organizado ha encontrado un nuevo aliado en el entorno digital. A través de TikTok, una de las redes sociales más populares entre adolescentes y jóvenes, las organizaciones delictivas han comenzado a trazar nuevas rutas de reclutamiento, camufladas bajo promesas de inclusión, pertenencia y reconocimiento.
Una investigación presentada por El Colegio de México en el Seminario sobre Violencia y Paz documenta más de cien cuentas activas vinculadas a actividades criminales, entre las que destacan la venta de armas, la trata de personas y, particularmente, el reclutamiento encubierto. El estudio revela una realidad inquietante: los cárteles han adaptado su narrativa a las dinámicas virales de TikTok, creando contenidos que, lejos de alarmar, seducen.
Símbolos, música viral, códigos visuales y culturales —emojis como el gallo o la pizza, hashtags como #4letras o #trabajoparalamaña— funcionan como claves para identificar facciones criminales y generar sentido de comunidad. Estos mensajes ofrecen “empleos” con pago, hospedaje y entrenamiento incluido, dirigidos especialmente a jóvenes —en muchos casos madres adolescentes o estudiantes— que enfrentan un panorama limitado de oportunidades laborales y educativas.
El estudio destaca que casi la mitad de las cuentas analizadas realizaban reclutamiento de forma explícita. El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) encabeza la presencia digital, seguido del Cártel de Sinaloa (CDS) y el Cártel del Noreste. El fenómeno se extiende incluso a videojuegos como Roblox, abriendo una nueva frontera en la captación de menores.
TikTok no es un escenario accidental: su diseño privilegia lo inmediato, lo emocional, lo aspiracional. Las narrativas criminales no solo normalizan la violencia, sino que la romantizan. Prometen no solo dinero, sino una forma de existencia significativa para quienes se sienten marginados por las instituciones.
La conclusión del estudio es clara: la regulación digital es insuficiente. Las causas del reclutamiento juvenil no se encuentran únicamente en las plataformas, sino en las condiciones estructurales que dejan a las juventudes sin alternativas reales. La falta de redes de apoyo, la exclusión educativa, la precariedad económica y la ausencia de proyectos de vida sostenibles son terreno fértil para que las narrativas criminales prosperen.
Frente a ello, la respuesta no puede ser solamente punitiva o tecnológica. Es necesario construir sentidos de pertenencia positivos desde la comunidad, la escuela y el Estado. Solo así se podrá disputar el imaginario que hoy ofrece el crimen organizado y devolver a las juventudes la posibilidad de imaginar futuros distintos.
