Por Jasive Alejandra Albarez Gil

Hoy en día, el creciente proceso migratorio en países de Latinoamérica ha evidenciado las desigualdades de género y los sistemas de cuidado desiguales realizados por mujeres jóvenes migrantes de Guatemala, Honduras y El Salvador durante su estancia en México. Estas condiciones, lejos de representar una oportunidad de crecimiento, se reflejan en la sobrecarga de cuidados que limita el acceso de las mujeres migrantes al trabajo remunerado, agrava su vulnerabilidad social y económica, y profundiza las desigualdades preexistentes.
Las migraciones recientes de jóvenes y familias de Guatemala, Honduras y El Salvador hacia Estados Unidos, pasando por México, evidencian las crecientes condiciones de desigualdad, violencia, inestabilidad política y cambio climático en su país de origen. México se ha convertido en un atractivo espacio de tránsito y estancia, especialmente en ciudades fronterizas y grandes urbes, debido a políticas migratorias inciertas y restricciones estadounidenses. La mayoría de los migrantes son menores de 34 años, con educación básica, hogares de 4-5 miembros y alta inestabilidad laboral. El aumento de familias y menores ha transformado el trabajo de cuidados, que ahora se realiza durante el tránsito y la estancia en México, especialmente afectando a mujeres jóvenes y familias con niños, exacerbando desigualdades de género y dificultades de acceso a servicios.
Asimismo, a lo largo de la vida, el trabajo de cuidados que puede ser directo (cuidar a menores o enfermos) e indirecto (cocinar, limpiar) recae principalmente en mujeres y tiene bajo reconocimiento social y económico. Esta desigualdad se acentúa en contextos migratorios: jóvenes mujeres migrantes en México dedican muchas más horas al trabajo no remunerado que los hombres, limitando su participación laboral y aumentando su vulnerabilidad. En Centroamérica, las mujeres jóvenes dedican hasta tres veces más tiempo al cuidado que los hombres, con bajos ingresos y alta informalidad laboral. Ejemplo de esto, con base en datos de de la Encuesta Intercensal de México 2015, en México, las mujeres migrantes continúan esta tendencia, destinando en promedio 44.5 horas semanales a cuidados frente a 8.7 horas de los hombres, lo que profundiza desigualdades de género y limita su acceso a empleo remunerado y a oportunidades de desarrollo económico y social.
Las experiencias laborales de jóvenes migrantes centroamericanos en México están marcadas por profundas desigualdades de género. Desde edades tempranas, las mujeres cargan con el trabajo de cuidados, lo cual se intensifica al unirse en pareja o tener hijos. En las entrevistas realizadas en Tijuana y Ciudad de México se identifican tres trayectorias: varones que logran insertarse en trabajos informales mientras las mujeres de sus hogares combinan empleo precario con cuidados compartidos debido a que cuentan con familiares; mujeres unidas que realizan casi exclusivamente trabajo doméstico y de cuidados, reforzando la idea de que el hombre es proveedor y la mujer cuidadora, como resultado de la distribución de género del trabajo; y jóvenes sin hijos que se concentran principalmente en el trabajo remunerado, sin responsabilidades de cuidados. En los hogares biparentales, el trabajo sigue dividido: hombres en lo remunerado y mujeres en lo no remunerado. La situación más difícil la enfrentan las mujeres sin pareja con hijos, quienes deben asumir solas la doble carga de cuidados e ingresos, recurriendo a empleos informales o de subsistencia (venta ambulante, comida, teletrabajo ocasional). La migración, lejos de transformar estas desigualdades, las reproduce: las mujeres jóvenes enfrentan mayores barreras de inserción laboral, sobrecarga de cuidados y vulnerabilidad económica, mientras que el trabajo de cuidados en los hombres sigue siendo limitado y no afecta sus trayectorias.
De esta manera, la migración de jóvenes de Guatemala, Honduras y El Salvador a México acentúa desigualdades de género en el trabajo de cuidados, que recae principalmente en mujeres jóvenes y se agrava por la falta de redes de apoyo y servicios, o por condiciones socioeconómicas precarias de migrantes y sus familiares. Para enfrentarlo, se propone aplicar las 3R del cuidado:
- Reconocimiento: visibilizar el trabajo de cuidados no remunerado de mujeres migrantes mediante el desarrollo de encuestas, estudios y políticas con perspectiva de género.
- Reducción: fortalecer servicios integrales públicos alrededor del país, además de mejorar albergues y centros de acogida con recursos adecuados que respondan a los flujos migratorios cambiantes.
- Redistribución: Ampliar programas laborales con perspectiva de género para mujeres migrantes, fomentar la integración social con enfoque de género y expandir espacios seguros de cuidado infantil como la ampliación de guarderías.
Estas medidas, junto con las propuestas y recomendaciones planteadas anteriormente en relación con el fortalecimiento del sistema de refugio mexicano y la regularización de personas migrantes en México, así como mejores condiciones para solicitar las citas de asilo en Estados Unidos, y el acceso a trabajos remunerados en el sector formal son esenciales para promover la igualdad de género y generar oportunidades para la reducción y la redistribución del trabajo de cuidados que realizan las jóvenes mujeres migrantes.
