Retos para las mujeres migrantes en México en tránsito

Por Katherine Mena

Con base en el informe publicado por El Colegio de México en la serie “Notas sobre Migración y Desigualdades” (Núm. 8, 2024)

Hoy en día, las rutas migratorias en México han dejado de ser solo caminos de paso: se han transformado en escenarios de supervivencia prolongada. Durante 2021 y 2022, aumentó significativamente el número de mujeres migrantes en tránsito, muchas con el anhelo de llegar a Estados Unidos. Sin embargo, diversas barreras las han forzado a permanecer en territorio mexicano por meses o incluso años, enfrentando una burocracia confusa, empleos precarios y un contexto constante de violencia.

El Colegio de México documentó estos desafíos a través de entrevistas a mujeres albergadas en la Ciudad de México. De sus testimonios emergen tres grandes retos que marcan su experiencia:

  • La regularización migratoria
  • El acceso a un trabajo digno
  • La exposición permanente a la violencia

Las que se quedan sin querer

Aunque México sigue siendo un país de tránsito, cada vez más mujeres optan —o se ven obligadas— a quedarse. Según el informe, más del 60% de las mujeres entrevistadas deseaban establecerse en Estados Unidos, pero se encontraron con obstáculos que van desde trámites inaccesibles hasta procesos poco claros.

María, una mujer hondureña de 40 años, relató que comenzó a trabajar en México, pero sin recibir un sueldo justo ni condiciones dignas. Además, para muchas personas migrantes la posibilidad de solicitar asilo en EE. UU. se ha complicado por la dependencia de herramientas tecnológicas como la app CBP One, que exige conectividad, dispositivos funcionales y precisión técnica. Esto excluye a quienes enfrentan pobreza o rezago digital.

Trabajar con la esperanza de avanzar

Gran parte de las mujeres migrantes son madres o cuidadoras que se ven obligadas a aceptar empleos mal remunerados, jornadas extensas y traslados costosos. Su dilema cotidiano es desgarrador: ahorrar para seguir su ruta migratoria o enviar remesas a sus familias. Como señala el informe, “la mayoría no cuenta con apoyo familiar y migra con hijos pequeños o los deja al cuidado de abuelas”.

La violencia no se queda atrás

Salir de casa no siempre significa dejar la violencia. Muchas mujeres migran huyendo de agresiones y abusos, pero terminan enfrentando otros riesgos en el trayecto: robos, amenazas, violencia sexual, acoso de redes criminales o exparejas. Algunas evitan incluso el uso del celular o compartir su ubicación por miedo a ser localizadas.

En estos casos, acceder a la justicia en México es casi imposible. Las mujeres que denuncian son ignoradas, culpabilizadas o revictimizadas. Esta desprotección institucional agrava su miedo y las empuja a guardar silencio.

Los albergues: refugios temporales y simbólicos

En este contexto, los albergues juegan un papel crucial. Más que brindar techo y comida, son espacios de contención emocional donde muchas mujeres logran, por primera vez, nombrar la violencia vivida. Estos lugares les permiten reconocerse, reconstruirse y encontrar redes de apoyo.

Hacia un tránsito más digno

El informe concluye que la solución no puede depender únicamente de la tecnología, el voluntarismo o el castigo. Se requiere una política pública con enfoque de género, recursos reales y voluntad institucional. Mientras las mujeres migrantes sigan transitando sin documentos, sin empleo y sin protección, la ruta seguirá funcionando como una forma de exclusión.

Porque el tránsito no es solo un desplazamiento geográfico: es el reflejo de las desigualdades que marcan las vidas de miles de mujeres. Por eso es urgente reconocer su agencia, escuchar sus voces y construir entornos dignos. Las políticas públicas serán el primer paso para transformar la exclusión en posibilidad.